177.
En efecto, Nicolás estaba muchísimo más pálido de lo que imaginé. Cuando entré a la habitación, casi ni pude reconocerlo, y aquello me asustó. Me balanceé sobre él y sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Extendió sus manos hacia mí, pero se veía tan débil que tuve miedo de lastimarlo. De todas formas, me dejé abrazar por él.
— Estoy bien — me dijo en cuanto logré apartarme un poco y lo miré a la cara — . Estoy bien. Te lo prometo.
Me habían obligado a ponerme un ridículo traje azul con un