Capítulo 67. El Pulso de la Calma.
**Alejandro**
París volvía a tener sentido.
Después de días en los que todo se sentía ajeno —los techos de zinc, el aroma a pan recién hecho, incluso el idioma—, por fin empezaba a reconocer la ciudad como nuestra otra casa. No solo mía. Nuestra.
Valentina dormía aún, enredada en las sábanas blancas como si el sol no tuviera permiso de tocarla todavía. Su respiración tranquila me daba paz. La miré unos segundos antes de levantarme. Preparé café en silencio. La radio murmuraba jazz bajo. Por pri