La mañana en el apartamento de Nicolás era un remanso de paz y felicidad.
Ana ya había sido dada de alta y estaba sentada en el sofá, con sus dos bebés en brazos, arropados en una suave manta de lana que la señora Valenzuela había tejido con sus propias manos. El pequeño Nicolás, moreno y serio como su madre, dormía plácidamente. La pequeña Elena, rubia y diminuta, movía sus manitas en sueños, como si estuviera saludando al mundo.
—Son perfectos —susurró Ana, mirándolos con los ojos brillantes—