La oficina de Cristóbal Gravenhorst estaba en penumbras.
El sol se había escondido hacía horas tras los rascacielos, pero él ni siquiera había notado la caída de la noche. Llevaba tres días encerrado, sin dormir, sin comer, esperando. Solo esperando.
Tres días desde que supo que Ana había dado a luz.
Tres días imaginando el rostro de su hijo. O su hija.
El teléfono sonó. Lo agarró antes del primer timbre.
—¿Juan David? —su voz era ronca, desgarrada.
—Sí, señor. La enfermera contactó conmigo. T