La mañana comenzó como cualquier otra en el ático.
Ana se levantó, se estiró frente a la ventana con la mano en su pequeña barriga, y sonrió al sol que entraba por los ventanales. Un mes y medio. El bebé crecía sano, los controles iban bien, y la vida en la oficina de Nicolás era un remanso de paz después de la tormenta de los últimos meses.
Pero cuando salió de su habitación, encontró a Nicolás en el salón con una expresión que no le gustó nada.
Estaba sentado en el sofá, con una taza de café