La mañana había comenzado como cualquier otra para Cristóbal. Café negro, documentos, reuniones, esa rutina vacía que llenaba sus días desde que Ana se había ido.
Pero algo lo carcomía por dentro.
No había vuelto a saber de ella. No había llamado. No había aparecido. Era como si se hubiera esfumado de la faz de la tierra.
Y aunque se repetía una y otra vez que era lo mejor, que una prostituta no merecía su apellido, que su abuelo tenía razón... no podía dejar de pensar en ella.
En sus ojos cuan