La empresa de Nicolás no era un rascacielos que rasgara el cielo como el de los Gravenhorst. No necesitaba hacerlo.
Se alzaba majestuosa en una de las zonas más modernas de la ciudad, un edificio de cinco pisos revestido de vidrio y acero pulido que reflejaba el sol como si estuviera hecho de luz líquida. No era descomunal… pero sí imponente.
Tenía presencia.
Su diseño combinaba líneas modernas con detalles arquitectónicos elegantes que transmitían poder, estabilidad y visión. No intimidaba por