El auto se detuvo frente al edificio de la empresa. Cristóbal bajó sin esperarla, con esa frialdad que ya le conocía, y caminó hacia la entrada con paso firme.
Ana lo siguió en silencio, sintiendo aún el peso del encuentro con Nicolás, la tensión del almuerzo arruinado, la incomodidad de ese viaje de regreso en el que ninguno había pronunciado palabra.
Subieron en el ascensor sin mirarse. Las puertas se abrieron en el piso veinte y él salió directo hacia su oficina, como un autómata programado