La mañana en el hospital había comenzado con una calma tensa.
Nicolás estaba sentado en la sala de espera, con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas, la mirada perdida en el suelo. Su madre dormía a su lado, agotada por las largas horas de angustia. Su padre también descansaba, con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta. El silencio era roto solo por los pitidos de los monitores y los pasos lejanos de las enfermeras.
El teléfono de Nicolás vibró en su bolsillo.