Faltaban dos días para la fiesta.
La villa parecía un taller de decoración ambulante. Globos de colores pastel flotaban en las esquinas, guirnaldas de flores colgaban de las lámparas, y una enorme pancarta con los nombres de los mellizos presidía la sala principal. El jardín estaba siendo transformado en un espacio mágico, con luces de hadas y mesas cubiertas de manteles blancos. Los proveedores entraban y salían, llevando tortas, regalos, sillas, todo en una carrera contra el tiempo.
Ana estab