Las semanas que siguieron al despertar de Lucía fueron un remanso de paz.
Ana iba al hospital todos los días, a veces sola, a veces con los mellizos, a veces con Cristóbal. Los médicos no salían de su asombro: la mejoría de Lucía era constante, sostenida, casi milagrosa. Las sesiones de fisioterapia dieron resultado, los análisis mejoraban semana a semana, y la sonrisa de Ana se hacía más amplia cada vez que recibía una buena noticia.
—Está lista para el alta —dijo el médico una tarde, con una