La mañana amaneció con una luz suave que se filtraba por las ventanas de la habitación de Lucía.
Era el mismo hospital de siempre, el mismo olor a desinfectante, el mismo pitido rítmico de las máquinas, las mismas sábanas blancas que Ana conocía desde hacía años. Pero algo era diferente. Algo en el aire, algo en la luz, algo que ella no sabía nombrar.
Ana había llegado temprano, antes de que el sol estuviera del todo arriba. Los mellizos se habían quedado en la villa con Cristóbal, que había ins