Los días sin Ana y los mellizos se habían convertido en una rutina gris para Nicolás.
El apartamento estaba demasiado silencioso. Las cunas vacías en la sala parecían mirarlo cada vez que pasaba, recordándole lo que había perdido. La mecedora donde Ana acunaba a los niños estaba quieta, sin su ritmo constante. La cocina, donde ella preparaba los biberones con una precisión que él admiraba, ahora estaba impecablemente ordenada, como si nunca hubiera sido usada.
Nicolás se había levantado tempran