La noche había caído sobre la villa con una suavidad que envolvía cada rincón.
Los mellizos dormían desde hacía una hora, agotados por el día de juegos con su abuela Isabel, por las risas en el jardín, por los nuevos sonidos y olores de ese lugar que comenzaba a sentirse como hogar. Ana los había acostado con la canción de cuna que su madre le cantaba, la misma que ahora hacía dormir a Elena y a Nicolás con la misma paz con que ella se dormía cuando era niña.
Cristóbal estaba en la sala, con un