Las esquirlas de hielo impactaron con una precisión letal. No buscaron matar, sino incapacitar. Se clavaron en las manos de los enfermeros, en sus hombros, en las juntas de sus armas, forzándolos a soltar sus rifles con gritos de dolor y sorpresa. El ataque había sido tan rápido, tan inesperado, que ninguno había logrado apretar el gatillo.
En la cama, Mar se incorporó, jadeando, sus ojos azules brillando con una luz salvaje. La presencia de Elio, su poder crudo, había actuado como un desfibrilador para su propia magia dormida. Lo miró, no con miedo, sino con el reconocimiento de una aliada.Elio le devolvió la mirada, y en sus ojos ambarinos había una chispa de genuino orgullo.—Veo que has estado practicando —dijo, su voz fue un murmullo de aprobación.Los enfermeros, aunque heridos, eran profesionales. Se reagruparon, sacando pistolas de dardos más pequeñas d