253. El Eco de una Reina Muerta
La mañana siguiente, la Estancia Lombardi amaneció en un silencio tenso. Habían pasado casi veinticuatro horas desde la última comunicación de Giménez sobre el ataque a los hombres de Blandini, un lapso de quietud que, en lugar de calmar, solo servía para estirar los nervios. Para Florencio y Platina, era la calma del ojo del huracán. Sabían que las piezas se estaban moviendo en el tablero, pero estaban ciegos, sordos, obligados a esperar a que la niebla de la guerra se disipara.
Compartieron un desayuno silencioso en el inmenso y vacío comedor, rodeados por los retratos de los antepasados de Florencio, cuyos ojos pintados parecían juzgarlos. La intimidad forjada en las noches de conspiración había dado paso a una camaradería profesional, una alianza de dos generales que entienden el peso de la espera.
Florencio no podía dejar de mirar la silla vacía a la cabecera de la mesa, el lugar que había pertenecido a su padre. Y en su mente, la imagen se superponía con otra: la de Selene, sent