134. Una Gota de Océano en una Jaula de Madera
La orden de Selene, disfrazada de permiso, selló el destino de la habitación. El aire se volvió denso, pesado, como el que precede a una tormenta eléctrica en pleno verano. Mar, atrapada entre el desprecio que sentía por Florencio y la necesidad desesperada de complacer a Selene, se encontró en el centro de un escenario que no había elegido. Se puso de pie, sus movimientos torpes, como los de una marioneta cuyos hilos son manejados por dos titiriteros con intenciones opuestas.
—Acá —dijo Floren