Selene vio que Mar no estaba sola.
De pie, en un rincón oscuro, como una estatua de pesadilla, había un luisón. Era uno de la jauría de Elio, lo supo al instante por el olor a obediencia ciega y a sangre rancia. Era enorme, de pelaje enmarañado, y respiraba con un jadeo bajo y constante. No era un guardián. Era un perro de presa con la correa suelta. Era la prueba viviente de que la trampa era real.
Selene sintió la sangre hervir. Mar, su amiga, su hermana, había pasado de ser una voyeur a ser