La atmósfera del club estaba cargada de un silencio expectante, como si el universo entero contuviera el aliento. Dorian, arrodillado ante Elena, sintió el peso de cada mirada, cada respiración contenida, cada suspiro oculto entre sombras y lujuria. Pero nada importaba más que la mujer que tenía frente a él.
Elena, con el vestido de cuero rojo ciñéndose a sus curvas como una segunda piel, lo observó desde arriba. Sus ojos ya no eran los de una aprendiz, eran los de una reina.
Extendió la mano, y Dorian, sin vacilar, la tomó, sus dedos se entrelazaron con los de ella, no como suplicando perdón, sino aceptando un destino inevitable. Elena lo atrajo hacia sí y lo besó, no fue un beso dulce, ni casto. Fue un beso feroz, exigente, como si quisiera devorar su alma a través de los labios. Y Dorian se dejó llevar.
Los dos cayeron sobre el diván de cuero negro, mientras el mundo a su alrededor desaparecía. Las luces tenues delineaban sus cuerpos entrelazados como esculturas vivas de deseo. Ele