El auto se detuvo frente a la fachada discreta del Club. Desde fuera, nadie sospecharía lo que se escondía tras esas paredes oscuras. Para el mundo exterior, era solo un edificio elegante, exclusivo, misterioso. Pero para Dorian, ahora, era el umbral a algo mucho más profundo, su propia oscuridad.
Llevaba días dándole vueltas a lo que había vivido, a los golpes, a la vergüenza, a la voz de Isode susurrándole que el dolor no es castigo. A ese momento en el que, por primera vez, sintió que dejaba