Dorian abrió la puerta de la habitación con suavidad, pero el silencio que lo recibió le resultó inquietante. La luz tenue de las lámparas acariciaba las paredes y, en el centro, Isolde estaba sentada al borde de la cama, con la mirada perdida en algún punto invisible. Sus manos descansaban sobre sus muslos, pero la tensión en su postura delataba que su mente estaba lejos de allí.
Se acercó con cautela, sus pasos apenas un murmullo sobre la alfombra.
—¿Sucede algo? —preguntó en voz baja, inclin