La oficina de Demian era un campo de batalla de cristal roto y papeles esparcidos. Estaba de pie junto a su escritorio, la mandíbula apretada, con la furia hirviendo bajo el control de hierro que solo el miedo a su madre podía imponer. Acababa de colgar el teléfono con Elena Vieri, y la derrota era un sabor amargo en su boca.
Demian: (Apretando los puños) __Me está forzando. Me está obligando a negociar por lo que es mío. No voy a permitir que esa mujer, con sus curvas y su espíritu rebelde, de