Dos días después, mi teléfono sonó.
Un número desconocido. Casi no lo contesté, temiendo que fuera un periodista, que fuera Clara con algún otro plan, que fuera Irene o Dona o alguien más que quisiera destruirme. Pero después de tres tonos, pulsé el botón verde.
—¿Hola, es la señorita Ana Lancaster?
Una voz de mujer al otro lado sonaba profesional, amable pero firme.
—Sí, soy Ana.
—Soy la secretaria del señor Jonathan Foster, del Grupo Foster. El señor León Harrington nos ha dado su recomendaci