Me levanté sin decir una palabra. Solo me puse de pie, me alisé la falda negra de lycra y miré a Robert con ojos que ya no eran amables.
—No me interesa —dije con frialdad.
Robert sonrió, una sonrisa que antes parecía amable y ahora resultaba repugnante.
—Es broma, señorita. Solo estaba probando su lealtad.
—No estaba probando nada. Solo mostró quién es realmente.
—Soy el dueño de esta empresa. Puedo darle un trabajo digno.
—No, gracias.
Caminé hacia la puerta.
—Sebastián se va a decepcionar. S