A la mañana siguiente, acababa de terminar de bañarme y cambiarme de ropa cuando los gritos ya se oían desde la sala. Reconocí esa voz—Clara. Aguda, estridente, llena de una ira descontrolada.
Caminé hacia el pasillo. Desde allí podía ver a Clara de pie en medio de la sala, con el teléfono en la mano. Su rostro estaba encendido. Su cabello rubio estaba desordenado, como si acabara de despertarse y hubiera descargado su furia sin siquiera peinarse.
—¡Papá! ¡Tienes que escuchar esto! ¡No me voy a