Salí del ascensor hacia la sala de estar de la mansión. Ya empezaba a oscurecer.
Adrián y Sebastián ya estaban sentados en el sofá. León en el sillón principal, con las piernas cruzadas, una copa de whisky casi vacía en la mano. Sus tres rostros estaban tensos, como si acabaran de discutir, o como si estuvieran pensando en lo mismo, en algo pesado.
—Ya llegué —dije.
Adrián se giró. Su rostro tenso se transformó al instante. Una sonrisa cálida se extendió, aunque sus ojos aún guardaban cansancio