Al día siguiente.
Estaba frente al gran espejo del dormitorio principal del apartamento de Sebastián. Londres se extendía tras el ventanal, las luces de la ciudad aún titilaban aunque el sol ya empezaba a salir.
Miré mi propio reflejo: una mujer que ya no es tan gorda como antes, pero tampoco tan delgada como las modelos de las revistas. Llena, firme. Mis pechos redondos, que todavía a veces me hacen sentir incómoda, y mi trasero grande, que siempre atraía la atención de los hombres libidinosos