El café era pequeño y olía a canela y a vapor de leche.
No era el tipo de lugar donde alguien como Sophia Marchetti tomaría su desayuno. Sin mármoles, sin flores frescas, sin el silencio discreto de los locales de precio alto. Las sillas de madera eran desiguales. La música venía de algún altavoz barato en la barra. Los manteles de papel se arrugaban en las esquinas.
Por eso lo elegí.
Llegué diez minutos antes. Pedí un vaso de agua. Lo coloqué en el centro de la mesa y no lo toqué. Observé la p