La mesa estaba puesta con servilletas dobladas.
Luca había insistido en que debían ser triángulos. Mía había insistido en que los triángulos eran para los sándwiches. Habían tardado veinte minutos en un acuerdo que no satisfacía a ninguno de los dos pero que ambos habían aceptado como concesión política necesaria.
Las servilletas terminaron en forma vagamente rectangular.
Yo los había observado desde la cocina con el corazón apretado de ternura y de miedo a partes iguales.
Esta era mi familia.