04

El zumbido mecánico del ascensor descendiendo fue el único sonido que acompañó a Cassandra. Mientras observaba los números rojos del panel digital acercarse a la planta baja, sintió cómo la piel de la mujer que había fingido ser durante los últimos años se desprendía de ella. No empacó cajas ni recogió fotografías. Su taza de café, su agenda y su bolígrafo favorito se habían quedado sobre el escritorio; reliquias de una secretaria eficiente que, a todos los efectos prácticos, acababa de morir en el último piso.

Salió por las puertas giratorias. El viento helado de la ciudad le golpeó el rostro, pero ella no se encogió. Caminó un par de manzanas a paso constante, asegurándose de fundirse con la multitud antes de detenerse en una esquina vacía.

Sacó su teléfono. Hubo un ligero temblor en sus dedos, un último rezago de la chica que había soñado con una vida normal y sin escoltas. Tomó aire, lo retuvo un segundo y presionó un número que llevaba años sin marcar.

Contestaron al primer tono.

—Señorita —llamó una voz grave, áspera y completamente desprovista de inflexiones.

—Envíame un coche a la intersección de la 4ta con la Avenida... —ordenó Cassandra. Su voz ya no era la de la asistente que agendaba reuniones; era plana, absoluta, cargada de la autoridad que llevaba en la sangre—. Y avísale a mi hermano que voy de camino a casa.

Menos de diez minutos después, un imponente vehículo negro con los cristales blindados se detuvo silenciosamente frente a ella. El chófer, un hombre enorme que apenas disimulaba el bulto del arma bajo su chaqueta, bajó para abrirle la puerta con una reverencia rígida.

El interior del auto estaba sumido en un silencio sepulcral. A medida que dejaban atrás el bullicio de la ciudad y se adentraban en las exclusivas propiedades privadas de las afueras, Cassandra bajó la mirada hacia su regazo. Apoyó una mano sobre su vientre aún plano, un gesto puramente instintivo. No lloró, ni maldijo en voz alta.

—No te preocupes —susurró, con una suavidad gélida, mirando su propio reflejo en el cristal tintado—. Nadie volverá a hacernos sentir pequeños.

Una hora más tarde, las inmensas puertas de hierro forjado de la propiedad Wellington se abrieron de par en par. La finca no era solo una mansión; era una fortaleza impenetrable, el corazón de una de las familias más temidas y letales de la ciudad.

Al atravesar las pesadas puertas de roble del vestíbulo principal, el sonido de sus tacones se hizo escuchar. Al pie de la gran escalera la esperaba Alexander Wellington, su hermano mayor y líder familiar. Al verla enfundada en su modesto traje sastre gris, él arqueó una ceja y soltó una carcajada seca.

—Pareces una ciudadana común, Cass —la recibió, con una mezcla de diversión y reproche—. ¿Por fin te cansaste de jugar a la oficinista independiente? Supongo que el mundo real no es tan fascinante como creías.

Cassandra no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Avanzó hasta él y lo abrazó en silencio.

Alexander se quedó rígido por una fracción de segundo antes de devolverle el abrazo. Fue en ese contacto físico donde todo cambió. Notó la tensión antinatural en la espalda de su hermana menor, el frío que emanaba de su cuerpo. Su actitud burlona se evaporó al instante, reemplazada por el instinto depredador, de alguien que se preocupa por los suyos. La apartó lo suficiente para examinar la opacidad en sus ojos verdes.

—¿Quién fue? —preguntó Alexander. Su voz había bajado una octava, convirtiéndose en un susurro peligrosamente afilado—. Dame un nombre, Cassandra. Hoy mismo habrá un funeral.

Cassandra se soltó suavemente de su agarre y caminó hacia el despacho privado de la familia. Se acercó a la barra, se sirvió un vaso de agua y le dio un sorbo antes de girarse para mirarlo.

—Siéntate, Alex. No vas a matar a nadie. Aún no.

Con un tono clínico, casi como si estuviera leyendo el reporte de una junta directiva, le contó la verdad. Le habló de la inminente quiebra de la empresa, del acuerdo matrimonial de Sebastian para salvarla y, finalmente, del rechazo frontal cuando ella le confesó la verdad.

Cuando pronunció la palabra embarazo, el cristal del vaso que Alexander tenía en la mano crujió peligrosamente.

Se puso de pie lentamente. No gritó, lo cual era infinitamente peor. Sus ojos se habían oscurecido de una forma aterradora.

—Un hijo de nuestra sangre no es un error. Es un Wellington —sentenció su hermano, apoyando ambas manos sobre el escritorio de caoba—. El único error aquí es que ese imbécil respire el mismo aire que tú. Dame la orden, Cass. Despedazaré su compañía esta misma tarde. Haré que se arrodille ante ti para rogar clemencia, y luego lo borraré del mapa.

—¡He dicho que no! —lo cortó ella, alzando la voz por primera vez. El eco rebotó en las paredes forradas de madera—. Nadie va a tocarlo. Ni a él, ni a su empresa.

Alexander la observó, genuinamente desconcertado, pero fascinado por la seguridad de su hermana. La mujer que había huido de su apellido para buscar una vida moralmente simple ya no existía; frente a él estaba la verdadera heredera de los Wellington.

—¿Vas a dejar que te trate como a basura y se salga con la suya? —le reclamó, entornando los ojos.

—Él tomó su decisión pensando que yo era una simple secretaria que podía barrer debajo de la alfombra —afirmó Cassandra, caminando despacio hacia el ventanal. Una sonrisa, pálida y carente de toda calidez, curvó sus labios—. Si lo destruyes ahora, morirá creyendo que fue víctima de la mafia. Yo quiero algo mucho peor para él.

Se giró hacia Alexander. En su mirada brilló, por fin, la absoluta letalidad de su familia.

—Quiero que viva su vida. Quiero que se case con esa mujer, que inyecte ese capital, que levante su compañía y que se convenza de que es el rey del mundo, que lo tiene todo bajo control —explicó, marcando cada palabra con una precisión venenosa—. Y cuando esté en la cima, seré yo misma quien le quite todo. Uno por uno, frente a sus ojos.

Alexander se quedó en silencio unos segundos, asimilando la magnitud del odio de su hermana. Finalmente, una sonrisa de orgullo y pura oscuridad se dibujó en su rostro.

—Ven aquí —murmuró, abriendo los brazos—. Eso significa ser una Wellington.

Cassandra se refugió en el abrazo de su hermano. Cerró los ojos con fuerza. En lo más profundo de su ser, el corazón seguía doliéndole a horrores, sangrando por el rechazo del hombre que amaba. Pero a partir de ese momento, envolvería ese dolor y lo usaría como combustible.

¡Sebastian Westminster iba a pagar!

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