Habían pasado tres meses desde que Cassandra abandonó el edificio de Westminster. Para el mundo exterior, la vida de Sebastian Westminster seguía una trayectoria impecable. Su boda con Eleanor Newman había acaparado las portadas de las revistas financieras y de sociedad; a simple vista, él era el titán que lo tenía todo: el capital, el legado y la esposa perfecta.
Sin embargo, a puerta cerrada, la realidad era una herida silenciosa que se negaba a cicatrizar.
Sebastian se había acostumbrado a la precisión absoluta. Ahora, su nueva asistente, una mujer sumamente calificada llamada Meredith, le entregaba los reportes a tiempo y mantenía su agenda bajo control. Era eficiente, sí. Pero no era ella. Meredith no anticipaba que él prefería el café más cargado los martes de junta, ni entendía con una sola mirada qué llamadas debían ser desviadas.
Una tarde, mientras revisaba unos contratos, alargó la mano sin apartar la vista de los folios.
—Cassandra, pásame el anexo de logística, por favor.
El silencio que siguió fue profundo. Sebastian levantó la vista, encontrándose con la expresión confundida de Meredith. Una punzada de frustración, ardiente y traicionera, le quemó el pecho. Murmuró una disculpa y volvió a los papeles, pero ya no pudo concentrarse.
Por las noches, esa frustración lo acompañaba a su nueva mansión, un lugar enorme que se sentía más como un museo que como un hogar. Frente al espejo, con un vaso de whisky en la mano, intentaba anestesiar su conciencia. «Fue un error», se repetía en la penumbra. «Ella nunca significó nada. Todo esto se habría perdido si no lo hacía». Pero el fantasma de Cassandra, y esa última mirada, lo perseguían.
Mientras tanto, en los dominios de los Wellington, la realidad parecía ser diferente.
El embarazo de Cassandra ya era evidente, pero lejos de volverla vulnerable, la había transformado. Bajo la protección inquebrantable de sus hermanos, había retomado su lugar. Ya no había lágrimas. Pasaba las mañanas en su despacho personal, rodeada de monitores, rastreando los movimientos de Westminster.
Frente a ella, los expedientes revelaban la verdad que Sebastian ocultaba a la prensa: su matrimonio era una fachada, y la inyección de capital de los Newman venía con cláusulas asfixiantes. Cassandra estudiaba cada debilidad, cada detalle, calculando el momento exacto para golpear.
El tiempo avanzó implacable, y en un parpadeo, el día llegó.
No hubo advertencias. Fue un parto apresurado, feroz que la obligó a dar a luz en el asiento trasero del vehículo antes de llegar a la clínica privada. En medio del dolor desgarrador y la sangre, Cassandra no gritó pidiendo ayuda ni se quebró; demostró de qué material estaba hecha, trayendo a su hijo al mundo con valentía, sostenida solo por su propia voluntad.
Horas después, estaba en la habitación de la clínica, con el milagro que sostenía en brazos. Lucas estaba allí, pequeño, cálido y perfecto.
La puerta se abrió y sus hermanos entraron. Ver a dos de los hombres más temidos del país desarmarse ante un bebé fue el aliciente que ella necesitaba. Sandro, siempre el más contundente, tomó al pequeño con una delicadeza que parecía imposible para unas manos acostumbradas a empuñar armas.
—Hola, pequeño Lucas —susurró Sandro, con una sonrisa genuina que hizo que a Cassandra se le humedecieran los ojos—. Bienvenido. Te protegeré incluso con mi vida, pequeño.
Alexander, de pie junto a la cama, acarició la cabeza del bebé antes de clavar su mirada en su hermana.
—Cuando este niño pregunte sobre su padre...
—No tendrá que preguntar —lo interrumpió ella con la voz tranquila —. Cuando llegue el momento de encontrarse con él, Sebastian no verá a un hijo al que pueda reclamar. Verá a un Wellington Bowes. Será el recordatorio de todo lo que él, por su propia cobardía, decidió destruir.
Pero al quedarse a solas, cuando el silencio inundó la habitación, Cassandra apoyó la mejilla contra la cabeza de Lucas. A pesar de todo su poder y su sed de venganza, sostenerlo contra su pecho era aceptar una verdad innegable: ese niño siempre sería el hilo invisible que la mantendría atada al único hombre que la había destruido.
En ese exacto momento, a mucha distancia, Sebastian miraba a través del ventanal de su habitación, atrapado en su propia prisión.
—No entiendo por qué sigues dándole vueltas al asunto, Sebastian —la voz de Eleanor atravesó el silencio, afilada e insoportable—. He hablado con los especialistas esta mañana. Si el problema es tu fertilidad, nos someteremos a los tratamientos que hagan falta. Inseminación, fecundación in vitro, lo que sea. Pero mi padre exige un heredero y no permitiré que esta familia quede en evidencia.
Sebastian dejó escapar un bufido seco, un sonido cargado de un desprecio absoluto hacia sí mismo. La ironía era macabra. Había sacrificado a la única mujer que le importaba, había exigido que borrara la existencia de su verdadero hijo, todo para asegurar un legado con una mujer con la que ahora, según los médicos, era casi imposible concebir de forma natural.
—Haz lo que quieras, Eleanor —cedió él, con la voz muerta, sin dignarse a mirarla—. Si crees que la ciencia puede arreglar esto, adelante.
Ella se acercó por detrás, rodeando su cintura con manos que carecían de cualquier tipo de dulzura.
—Tendremos a ese hijo, Sebastian. Nuestra posición será fuerte. Muestra un poco de interés. ¿O es que no quieres formar una familia?
Sebastian cerró los ojos y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. En la oscuridad de sus párpados, una imagen lo asaltó con la fuerza de un golpe físico. Mientras su esposa fantaseaba con la idea de embarazarse, él solo podía pensar en que, en alguna parte del mundo, quizás ese bebé ya había llegado, floreciendo sin él, bajo el nombre de un hombre que, aunque aún no lo sabía, ya le pertenecía a un Wellington.
Una opresión terrible se instaló en su pecho al darse cuenta de que tal vez, acababa de perder su única oportunidad real de ser padre.