Habían pasado tres meses desde que Cassandra abandonó el edificio de Westminster. Para el mundo exterior, la vida de Sebastian Westminster seguía una trayectoria impecable. Su boda con Eleanor Newman había acaparado las portadas de las revistas financieras y de sociedad; a simple vista, él era el titán que lo tenía todo: el capital, el legado y la esposa perfecta. Sin embargo, a puerta cerrada, la realidad era una herida silenciosa que se negaba a cicatrizar. Sebastian se había acostumbrado a la precisión absoluta. Ahora, su nueva asistente, una mujer sumamente calificada llamada Meredith, le entregaba los reportes a tiempo y mantenía su agenda bajo control. Era eficiente, sí. Pero no era ella. Meredith no anticipaba que él prefería el café más cargado los martes de junta, ni entendía con una sola mirada qué llamadas debían ser desviadas. Una tarde, mientras revisaba unos contratos, alargó la mano sin apartar la vista de los folios. —Cassandra, pásame el anexo de logística, por fa
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