Cassandra tuvo que ir al baño y lavar su rostro, el dolor seguía en su pecho, pero se obligó a no sentir nada. Al menos el llanto se había ido, pero quedaba un nudo en la garganta y sus facciones enrojecidas debido a la hinchazón.
Regresó a su escritorio y se sentó, dejando que el entumecimiento tomara el control de su cuerpo. Sus manos se movieron por pura inercia, ordenando documentos que ya no importaban. Minutos después, las pesadas puertas de madera se abrieron y la esbelta millonaria, futura esposa de Sebastian, cruzó la antesala. No hubo miradas ni roces; la mujer pasó de largo, dejando tras de sí un rastro de perfume caro, ignorando por completo la existencia de la secretaria cuyo mundo acababa de colapsar.
Dentro del despacho, el silencio era asfixiante. Sebastian se aflojó el nudo de la corbata con un tirón lento. Caminó hacia el inmenso ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad y apoyó la frente contra el cristal frío. Tenía el capital asegurado. Había salvado el legado de su padre, pero la victoria tenía el sabor amargo de una condena.
Afuera, Cassandra se tomó varios minutos para estabilizar su respiración. Cerró los ojos, tragó el nudo de su garganta y tomó una pila de carpetas. Llevaba en el bolsillo del saco el papel del laboratorio; el ligero roce del papel contra su pierna era un recordatorio constante de su realidad.
Llamó a la puerta y entró. Sebastian seguía de espaldas, mirando la ciudad. Sus hombros estaban tensos, cargando un peso invisible.
—He venido a traerle los informes de la junta, señor —declaró, con un tono tan plano y profesional que le dolió a sí misma.
—Déjalos ahí. Gracias —murmuró él sin girarse, con la voz áspera por el cansancio.
El protocolo indicaba que ella debía dar media vuelta y salir, pero sus pies se negaron a moverse. Se quedó de pie junto al escritorio, mirándolo fijamente hasta que el silencio obligó a Sebastian a voltear. Sus ojos azules estaban nublados, él se veía lleno de agotamiento y resignación.
—Es cierto, ¿verdad? —averiguó. Su voz fue apenas un susurro, pero en esa gran oficina se sintió como un disparo al pecho—. Lo que escuché... ¿se va a casar? ¿Finalmente lo decidió?
Sebastian tensó la mandíbula. Por un segundo, sintiendo que ella revolvía lo que intentaba mantener bajo control; cruzó su rostro al ver la quietud en los ojos verdes de Cassandra. Pero rápidamente, el instinto de supervivencia del CEO tomó el mando y alzó un muro entre los dos.
—¿Estuviste escuchando a escondidas? —cuestionó, adoptando una postura defensiva.
—No fue mi intención, señor. Solo iba a entrar.
Sebastian suspiró, frotándose el puente de la nariz.
—Es la única salida, lo sabes —le recordó, arrastrando las palabras, demasiado cansado para discutir—. La compañía está al borde del abismo. Este matrimonio inyectará el capital que necesitamos antes del viernes. Está hecho, Cassandra. No hay vuelta atrás.
—Entiendo.
Él la observó, extrañado por la opacidad en su mirada. No comprendía por qué ella lo cuestionaba con esa intensidad y luego actuaba como si nada.
—¿Lo entiendes? No lo entiendes. Ni siquiera te debo explicaciones —bufó, caminando hacia su silla, ella no supo qué decir ante su actitud cambiante —. Tengo muchísimo que hacer. Sal, por favor.
Cassandra inhaló profundamente. El hombre frente a ella ya no era el que se había desmoronado en el penthouse; era un tipo frío que calculaba el costo y beneficio de cada vida a su alrededor. Sabía que era el peor momento imaginable, pero si daba un paso fuera de esa oficina, el secreto terminaría asfixiándola.
—Hay algo más que debe saber —agregó armandose de valor, soltando las carpetas sobre el escritorio. El sonido seco se sintió como un taladro en su cabeza—. No es un asunto sin importancia.
Sebastian frunció el ceño, su paciencia llegando al límite.
—Cassandra, no tengo cabeza para problemas menores ahora mismo.
—No es menor. —Ella lo miró a los ojos, reuniendo todo el coraje que su linaje le había enseñado a ocultar—. Estoy embarazada. Esperando un hijo suyo.
Las palabras cayeron en la oficina sin estruendo, pero sí con la fuerza de una bomba.
Sebastian quedó petrificado. El color abandonó su rostro de manera alarmante. Sus manos, que estaban a punto de tomar un bolígrafo, se quedaron suspendidas en el aire. Sus ojos descendieron lentamente, clavándose en el vientre de su secretaria como si intentara descifrar una amenaza incomprensible. El impacto fue tan fuerte que tuvo que apoyar las palmas en el escritorio para no perder el equilibrio.
El silencio devoró el espacio. Cassandra observó cómo la mente del hombre trabajaba a una velocidad vertiginosa. Esperaba, quizás de forma ingenua, un atisbo de duda, de humanidad. Pero lo que vio fue cómo el miedo puro se transformaba en una fría y calculada resolución.
—Esto... no puede ser —murmuró él, negando lentamente con la cabeza, su voz desprovista de emoción—. No ahora.
—Sebastian...
—¿Lo dices así de la nada?
—Una verdad no siempre debe ser adornada, y sí, es verdad. Solo fue suficiente una vez, espero un hijo suyo, señor.
—Tienes que renunciar —dictaminó él, interrumpiéndola. Su tono no era de rabia, sino el de un dictador resolviendo una crisis cualquiera, lo cual fue infinitamente más cruel—. Te irás hoy mismo. Haré que Recursos Humanos te prepare una liquidación excepcional, el triple de lo que te corresponde, pero tienes que desaparecer de esta compañía.
Un nudo doloroso se formó en la garganta de Cassandra. El ardor de las lágrimas amenazó con nublarle la vista, pero clavó las uñas en las palmas de sus manos. No le daría el placer de verla quebrarse.
—No le estoy pidiendo que no se case —logró articular, forzándose a mantener el tono uniforme—. Entiendo su deber con la compañía. Pero este bebé...
—¡Ni siquiera lo llames así! —estalló finalmente Sebastian. El control se rompió y golpeó el escritorio con el puño cerrado, sus ojos destilando un pánico agresivo—. ¡Esa noche fue un error! Un maldito error fruto del estrés y del alcohol. ¡No significó nada!
Cada palabra fue un golpe directo al pecho de Cassandra, pero ella se mantuvo de pie, inamovible.
—Tengo planes de casarme en menos de un mes —continuó él, acercándose a ella con una postura amenazante—. Millones de dólares, el legado de mi padre, el futuro de miles de empleados... todo depende de que esa boda sea perfecta. Un escándalo ahora, un hijo ilegítimo con mi secretaria, me destruiría. ¿Me oyes? ¡Me hundiría!
La miró desde arriba, implacable, esperando sumisión. Esperaba que la secretaria eficiente y silenciosa asintiera, tomara el dinero y resolviera el problema.
Pero Cassandra Wellington ya no era su secretaria.
El dolor que la estaba desgarrando dio paso a un su lado frío repentino. En sus venas corría la sangre Wellington, una estirpe que no se doblegaba ante nadie. Observó al hombre que amaba y se dio cuenta, con una lucidez escalofriante, de que era un cobarde.
—Lo entiendo perfectamente, señor Westminster —soltó ella. Su tono fue tan gélido y altivo que el propio Sebastian parpadeó, frenado en seco por el drástico cambio en su actitud—. Puede estar tranquilo. Su legado y su impecable matrimonio están a salvo.
La frialdad en los ojos verdes de Cassandra desconcertó a Sebastian. La culpa se abrió paso a través de su pánico.
—Espera, hagamos algo Cassandra, escucha... me haré cargo de los gastos médicos. De lo que necesites, pero en silencio —intentó suavizar él, sintiendo que de pronto era ella quien tenía el control de la situación —. Simplemente no puedes seguir aquí. Nadie debe saberlo.
—Guárdese su dinero, no necesito ni un solo centavo suyo —lo cortó ella, levantando la barbilla con una autoridad que no pertenecía a una empleada—. El "error" que llevo dentro es solo mío a partir de este segundo.
Se dio la vuelta sin añadir una palabra más. Caminó hacia la puerta con la espalda perfectamente recta. Su andar ya no era el de una asistente pasando desapercibida, sino el de alguien que conoce su propio poder.
Sebastian se quedó inmóvil, observando cómo la pesada puerta se cerraba tras ella. El silencio regresó a la oficina, pero la atmósfera había cambiado irreparablemente. Había protegido su empresa y asegurado su futuro, pero mientras miraba el espacio vacío que ella acababa de dejar, una opresión asfixiante se instaló en su pecho, susurrándole que acababa de cometer el error más devastador de toda su vida.