06

5 años después...

La gala benéfica organizada por los Wellington Bowes era el evento más exclusivo del año. La élite financiera se movía con cautela, atraída profundamente por el aura de poder que rodeaba a los anfitriones. Sebastian Westminster llegó con su esposa del brazo, su sonrisa era tan fingida, y sus ojos azules recorrían el salón con una urgencia que no podía disimular.

Quería estar en todos lados, menos allí, pero le convenía.

De repente, la música y el murmullo perdieron importancia. Una figura femenina avanzaba entre los invitados: Cassandra. No era la secretaria que él recordaba; vestía un diseño que resaltaba una elegancia que antes mantenía oculta.

Sebastian soltó el brazo de su esposa y, movido por un impulso irrefrenable, interceptó a Cassandra cerca de la terraza, mientras su mujer se volvía loca buscándolo.

—¿Cassandra? —su voz salió más ronca y temblorosa de lo que pretendía—. ¿Qué haces aquí vestida de esta manera? No te entiendo... ¿te has casado con alguien de este nivel y por eso pretendes encajar?

Ella se detuvo lentamente. Giró sobre sus talones y lo escrutó de arriba abajo. Su rostro no mostró sorpresa, ni dolor, ni nostalgia. Después de todo, había sido ella misma quien colocó el nombre de Sebastian en la lista de invitados.

—Señor Westminster, cuánto sin verlo.

Ella había trabajado como actuar ante él, como enfrentarlo y encapsular las emociones, aun así sintió el vuelco en su corazón y la arritmia de la batida por dentro.

—Cassandra...

—Se equivoca, señor Westminster —emitió, dejando escapar una carcajada suave, desprovista de cualquier calidez—. Es su mundo el que se ha quedado demasiado pequeño.

Sebastian sintió un vacío en el estómago. La frialdad de ella, el uso del "usted" y la forma en que lo observaba, como si fuera un insecto que apenas valía la pena reconocer, lo descolocó por completo. La culpa y la frustración de cinco años se agolparon en su garganta.

—Deja el maldito juego —replicó él, dando un paso invasivo hacia ella, consumido por una mezcla de rabia y confusión que no sabía gestionar—. Esa altanería con la que hablas no me agrada. Dime qué está pasando, dime por qué desapareciste y por qué estás rodeada de gente tan influyente. Solo eras una secretaria, esto no tiene sentido.

Cassandra lo miró inalterable. Por un instante fugaz, se burló de sí misma en silencio, preguntándose cómo demonios pudo alguna vez llorar por un hombre tan ridículamente arrogante. Pero seguía allí la respuesta, porque, su corazón latía con fuerza al tenerlo tan cerca.

—Hace demasiadas preguntas para alguien que no está en posición de exigir nada —murmuró ella. Dio un paso hacia él, invadiendo su espacio de forma amenazante, y de pronto, abandonó la formalidad—. No deberías preguntarte por qué estoy rodeada de esta gente, Sebastian. Deberías preguntarte por qué ellos me rinden cuentas a mí.

Él frunció el ceño, exasperado. El CEO intocable que llevaba dentro se negó a sentirse inferior.

—¡No me hables con acertijos! —exclamó, estirando la mano con brusquedad para sujetarla por el brazo —. ¿Quién te rinde cuentas? No me hagas reír.

Fue el peor error de su vida.

Antes de que los dedos de Sebastian pudieran siquiera rozar la seda de su vestido, Cassandra reaccionó. No necesitó guardaespaldas ni matones que la protegieran; ella misma podía hacerlo.

Con un movimiento inesperado que él ni siquiera pudo registrarlo, esquivó su agarre, atrapó la muñeca del hombre y la torció hasta que lo inmovilizó. En un parpadeo, Sebastian sintió un golpe seco en las costillas y, acto seguido, la presión del cañón de una pequeña pistola, que fue extraída ágilmente de los pliegues de su vestido, se hundió exactamente debajo de su barbilla, obligándolo a levantar la cabeza.

El aliento abandonó sus pulmones de golpe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, topándose con la mirada verde de la mujer que empuñaba el arma sin que le temblara un solo músculo.

—Te advertí que no puedes hacer tantas preguntas —susurró Cassandra. Su voz era la de —. Creíste que podías desechar a una simple empleada, pero olvidaste investigar a quién estabas rompiendo. Los hombres cobardes como tú siempre terminan de rodillas...

Presionó el cañón un milímetro más contra su piel.

—Cassandra...

—Pero, mírate... ¿mereces siquiera el privilegio de arrodillarte ante mí?

El silencio fue absoluto. Sin embargo, el terror de Sebastian duró apenas un segundo.

En lugar de suplicar, en lugar de encogerse bajo la inminente amebaza a muerte, algo oscuro, salvaje y largamente reprimido terminó de romperse dentro del CEO.

Ignorando por completo la lógica y el arma cargada, Sebastian dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que el cañón se clavó peligrosamente en su propia garganta. Cassandra parpadeó, sorprendida por la imprudencia del hombre, y ese milisegundo de duda fue todo lo que él necesitó.

Sebastian alzó el brazo, soltando un manotazo seco que desvió la muñeca de Cassandra hacia un lado. Antes de que ella pudiera recuperar el ángulo de tiro, él se abalanzó sobre ella.

La embistió empujándola con fuerza hasta acorralarla contra barandilla de la terraza. Ella se quedó sin aliento. El hombre igual de alterado.

No conforme, él aplastó su muñeca contra la baranda de piedra, y su otra mano se enredaba en la cintura de ella, atrayéndola de un tirón hasta que no quedó ni un poco de separación entre ambos.

Ella podía sentir su aliento, su agitación que la envolvió y latidos al unísono. Estaban tan cerca que el peligro se volvió asfixiante. La conexión eléctrica y profundamente confusa ardía, mientras ambos eran devorados por un deseo oscuro.

—¿Quién demonios eres? —gruñó él, con la voz ronca, rozando casi sus labios al hablar—. Dispara entonces, Cassandra. Hazlo. Aprieta el maldito gatillo.

El pecho de ella subía y bajaba rápidamente, atrapada entre la piedra del balcón y el calor abrasador del cuerpo del hombre que juró destruir. El odio brillaba en sus ojos, pero la cercanía le quemaba la piel.

—Suéltame, Sebastian, o te juro que no sales vivo de aquí —siseó ella, intentando zafarse sin éxito del agarre.

—No —replicó él, bajando la mirada hacia los labios de ella por un segundo, sus respiraciones ahora eran una sola—. No voy a soltarte. Llevo cinco años de alguna forma esperando verte... y si me vas a matar, hazlo de una vez, porque te juro que si sigues mirándome así, no responderé de mí mismo.

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