Cuando Alanna se retiró para quitarse el vestido, Esteban se quedó paralizado, observando cómo su figura deslumbrante se desvanecía detrás de las puertas del vestidor. La imagen de ella, tan perfecta y tan lejana, lo atravesó como una flecha afilada. Cada paso que daba hacia la habitación la veía más inalcanzable, más ajena a él. La presión en su pecho se incrementó, y con ello, la rabia y el dolor. Era como si una tormenta estuviera creciendo en su interior, una tormenta alimentada por la impo