Los días transcurrieron con una cadencia distinta, como si el aire entre Alanna y Leonardo estuviera cargado de algo nuevo, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Las conversaciones, antes afiladas y desafiantes, ahora se deslizaban entre frases ambiguas y sonrisas que duraban un poco más de lo necesario. Era un juego silencioso en el que ambos se sumergían sin siquiera darse cuenta.
Por las mañanas, Alanna se refugiaba en la biblioteca, absorta en los libros, pero siempre consciente