Alanna apareció en lo alto de la escalera, descendiendo con una gracia natural, como si flotara en cada paso. Llevaba un vestido negro de satén que se ceñía perfectamente a su figura, resaltando su elegancia sin esfuerzo. Su cabello, recogido en un moño bajo con algunos mechones sueltos, enmarcaba su rostro de una manera que la hacía ver más hermosa de lo que él estaba dispuesto a admitir.
Leonardo sintió un ligero nudo en el estómago, una reacción inesperada. Estaba acostumbrado a la belleza,