La tarde cayó rápidamente, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados, pero para Leonardo el tiempo se sintió eterno.
El cansancio acumulado, el peso de los recuerdos y la calidez del abrazo de Alanna lo envolvieron poco a poco hasta que su cuerpo cedió. Sin darse cuenta, sus párpados se cerraron y la tensión en su rostro se desvaneció, como si, por primera vez en mucho tiempo, permitiera que el agotamiento lo venciera.
Alanna lo observó en silencio.
El hombre que siempre se mostraba firme