Ella lo miró con los ojos más tristes que había visto en su vida. Asintió.
—Sí… vamos… quiero llegar antes de que amanezca.
Leonardo le tendió la mano, y Alanna la tomó. Juntos salieron de la mansión, con el peso del duelo cargando en silencio. Afuera, la ciudad dormía, ignorante del dolor que se deslizaba en ese auto. El motor rugió con suavidad, y Leonardo tomó la autopista sin decir palabra, dejando que el silencio hablara por ellos mientras la noche empezaba a deshacerse en sombras.
Y aunqu