El silencio se había instalado en la sala como un huésped pesado y cruel. La policía tomaba fotografías, recogía declaraciones, y el cuerpo de la señora Sinisterra ya había sido cubierto con una sábana blanca. La atmósfera era fría, como si toda la calidez hubiera abandonado aquella casa con el último aliento de la matriarca.
Miguel se había quedado de pie junto al ventanal, sin despegar los ojos del jardín mientras apretaba los puños. Su mente era un torbellino. Nada tenía sentido. Su madre, l