El aire del piso ejecutivo estaba más denso de lo habitual. La jornada parecía ir en cámara lenta, como si el edificio entero respirara con expectativa. Las miradas se evitaban, los pasos eran cautelosos, y el murmullo general había sido reemplazado por un silencio que pesaba más que cualquier palabra.
Eran las 3:00 p. m. cuando el equipo de logística subió. Tres hombres vestidos con uniformes grises, discretos pero pulcros, llegaron empujando dos carritos metálicos y cargando cajas numeradas.