El ambiente en los pisos ejecutivos de la empresa Sinisterra era denso. Como si el aire se hubiese espesado, como si las paredes mismas supieran que algo irreversible estaba por suceder. Los empleados caminaban en silencio, con pasos cortos, discretos, casi como si no quisieran llamar la atención de nadie.
En la sala de juntas privada, Alberto Sinisterra ya estaba allí. Había llegado temprano, como siempre, con el rostro endurecido, una expresión más cerrada que de costumbre y un silencio que n