La habitación principal estaba en penumbra. Solo una lámpara tenue, en la esquina del vestidor, proyectaba luz dorada sobre una alfombra silenciosa. Afuera, el viento sacudía las copas de los árboles, pero dentro de la casa el aire era denso, espeso… casi irrespirable.
La señora Sinisterra se sentó en el borde de la cama, con las manos apoyadas sobre las rodillas, la espalda recta y los labios apretados. No llevaba gesto de furia ni lágrimas en los ojos, pero algo en su postura, en la rigidez d