El vehículo avanzaba por las calles silenciosas de la ciudad, envuelta en la bruma suave de la madrugada. Las luces del alumbrado público se reflejaban en los ventanales de los edificios, tiñendo de dorado el interior del auto. Afuera, la vida parecía suspendida. Adentro, en cambio, el tiempo pesaba.
Leonardo iba en el asiento trasero, con una mano entrelazada con la de Alanna, como si necesitara sentir algo tangible después de todo lo que había dicho en voz alta. Su espalda reposaba contra el