El vehículo avanzaba en medio del silencio, flotando como un ataúd negro por la autopista. Dentro, la tensión se acumulaba en los pulmones de los pasajeros como humo espeso. Nadie hablaba. Nadie quería ser el primero en romper el delgado cristal que aún sostenía su dignidad.
Alberto Sinisterra, con el rostro vuelto hacia la ventana, no parpadeaba. Sus ojos estaban clavados en los destellos de los faroles que pasaban uno tras otro, como agujas clavándose en su memoria. Su mandíbula estaba tensa,