El murmullo del público seguía creciendo en intensidad. Las luces del salón bajaron un poco más, creando una atmósfera casi cinematográfica. La gran pantalla seguía proyectando gráficos y líneas de tiempo con movimientos corporativos de los últimos quince años. Y aunque nada parecía fuera de lugar… algo no encajaba.
Miguel Sinisterra, desde su asiento en la mesa principal, no podía dejar de mover la pierna bajo la mesa. Golpeaba el suelo con el tacón de su zapato, una y otra vez, como un tambor