La música ambiental seguía flotando con delicadeza en el gran salón, mientras los invitados disfrutaban del último brindis previo al anuncio final. Las luces se atenuaban con cada transición, creando una atmósfera teatral que parecía sacada de un acto cuidadosamente ensayado. Todo en la ceremonia estaba fríamente calculado para impresionar, conmover… y distraer.
En una de las mesas principales, el señor Alberto Sinisterra se sentaba con expresión relajada. Sus dedos jugueteaban con el tallo de