La tarde se había teñido de tonos ámbar y azul profundo cuando Leonardo giró por una ruta secundaria, lejos de la carretera principal. Alanna lo miró de reojo, un poco intrigada.
—¿No vamos a casa?
Él sonrió sin decir palabra. La radio iba en volumen bajo, dejando que el viento y el rumor de la tarde llenaran el silencio. Había algo distinto en su expresión: serenidad, sí, pero también una pizca de entusiasmo contenido. Como si estuviera a punto de revelarle un secreto guardado con cuidado.
—¿L