La noche ya abrazaba la ciudad cuando el auto se detuvo frente a la mansión Salvatore. El silencio exterior contrastaba con la alegría ligera que traían ambos en el alma. Alanna aún sonreía, con las mejillas encendidas por el baile, el vino y la complicidad.
Leonardo bajó primero y le tendió la mano con esa elegancia suya que parecía innata. Alanna la tomó y bajó despacio, aún sin querer romper el hechizo de la velada. Cruzaron el jardín iluminado por luces cálidas, y al entrar, fueron recibido