El reloj marcaba las diez en punto cuando Allison Sinisterra, vestida con una blusa de seda rosa pálido y falda beige entallada, cruzó el amplio pasillo de mármol que conducía a la oficina de su padre. Caminaba con elegancia, pero por dentro ardía. Cada paso resonaba con fuerza, como si quisiera imponer su presencia y borrar la humillación que había sentido esa mañana.
Apenas la asistente intentó detenerla con un “el señor está ocupado”, Allison levantó una mano sin siquiera mirarla.
—Mi padre